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El Muro de Berlín y yo (I Parte)

El Muro de Berlín y yo  (I Parte)

 Era un adolescente y mi pasión por el cine hacia que en las vacaciones me montaran, recomendado al conductor, en el tren bus, plateado, confortable y seguro, que pasaba pro Falla con destino a la  Habana. Una caja  cargada de todo y con todo y mis pertenencias personales eran mis únicos acompañantes.

 Allá, en esa impresionante Terminal,  me esperaba mi tía Hilda, su hijo Robertico, menor que yo y mi tío Roberto, cantinero de toda la vida, que después de estar castigado dos años  en la agricultura por  solicitar irse del  país más nunca le vi ni con la reconciliación  de la comunidad. Nunca pudo  entender que la Revolución le suspendiera la propina, su subsistencia familiar. Como él decía: “La propina no apoyó a Batista” y  si la familia le viró la espalda por  “gusano”, como iba a regresar ahora, y nunca lo hizo.

 Así, sin  ser yo culpable de nada me quedé sin mis  viajes vacacionales a la capital para ver películas, sí para ver películas pues en “El Bebè” de Falla uno se cansaba de ver la misma una y otra vez.  Era un fanático cinéfilo hasta  que las pantallas gigantes se convirtieron  en pantallas de televisor.

 Después volví a la capital por diversas causas. La playa la Concha, el Náutico, Santa María, hospedaje   en el Habana Libre con el disfrute de su restaurante Sierra Maestra, el Tritòn, El Nacional, El Vedado,  El Capri, El Colina, los restaurante El Floridita, El Zaragozana, Caracas, El Emperador, La Torre,  El Cochinito,  La Bodeguita del Medio,  Prado 264, El Mandarìn, Bulerìas, El Conejito, El Monseñor,  El Polinesio, La Roca,  El Patio,  La Bodega de los Vinos…  y todo con  el honorable peso cubano.

 También fueron los años de las bonanzas socialistas con sus tiendas “Amistad” y los mercados repletos de productos al alcance de todos, pues todos teníamos una misma moneda con igual valor y así, como turista, por trabajador destacado, visité  en 1984 la República Democrática Alemana (RDA) por 15 días y sin conocer sus interioridades para mí era en verdad la vitrina del socialismo real. Recuerdo que por aquellos días a la joven traductora, Jazmína, con solo 17 años, le habían entregado su apartamento de soltera en un reparto muy atractivo y nos aseguraba  que para el 2000 la situación de la vivienda quedaría resuelta en su país.

Comprendì lo importante de viajar, de tener ese derecho aunque quizàs  nunca lo pueda ejercer, pues permite conocer,  ampliar el horizonte y muy importante, comparar y amar lo  que se tiene.

En diciembre de 1990, con la caída del socialismo y quizás por mis continuos rezos para que no se cayera también el viaje,  participé del último grupo de turistas cubanos en ir a Checoslovaquia., Me impresionó la belleza de Praga, su puente  Carlos VI, el Reloj Astronómico, la Iglesia Santa Cruz, la Callejuela del Oro, en el medioevo la sede de los alquimistas y artesanos , la Plaza de  Wenceslao, protagonista de las manifestaciones masivas contra el socialismo  y la moderna y gigantesca tienda por departamentos KOTVA considerada una de las más grande de Europa donde lo novedoso eran  las muñecas Barbie, made in USA con precios inalcanzables.

 Tampoco puedo dejar de reconocer la impresión que me ofreció  la aldea-museo Lìdice, destruida y asesinados sus inocentes pobladores por los  ocupantes fascistas,  el desmonte  de estatuas símbolos de años de socialismo y el cambio de nombres de calles y avenidas como la amplia Lenin, o ver los estanquillos repletos de personas no buscando los diarios del momento sino  las publicaciones pornográficas.  El desempleo, ausente en la vida del checo, comenzaba a señorear, como los mendigos, la prostituciòn y la violencia juvenil.

En el imponente Hotel  Internacional, hoy con otro nombre,  tomé por última vez la deliciosa cerveza Pilsen.

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